viernes, 30 de octubre de 2026

Atendió con el respingo que le daba el corazón siempre que sonaba el teléfono y apenas escuchó la voz colgó.
¿Quién era? Preguntó él.
Nadie, mintió.
Inmediatamente volvió a sonar, tomó el tubo y como un acto reflejo estiró la mano y se lo pasó. Mirándolo fijo, con el corazón galopando y lastimándole el pecho, esperó.
Quería que la protegiera, que no se enojara, que le dijera que no la llame más, que no la busque, que ella ya no quería soportar su locura, que había intentado ser cable a tierra pero que él había terminado siendo cable a cielo y que no quería volar tan alto, al menos no un vuelo ajeno.
Pero nada.
Colgó y volvió a sentarse frente a la computadora sin mirarla, odiándola y odiándose en silencio. No podía soportar la idea de que alguien más la deseara, de que ella pudiera desear o haber deseado a alguien más. Mantuvo unos minutos más ese silencio deliberado que ella conocía y que no la dejaba respirar.
“Dice que quiere tomar un café con vos”, y volvió a callar.
El mundo le daba vueltas, la angustia la nublaba, él seguía sin mirarla, silbaba y enfrentaba el monitor. De pronto el golpeteo en el pecho y la presión de la garganta se expandieron hacia el estómago y corrió al baño. El llanto que sus ojos le negaban se había acumulado y necesitaba salir. A él nada lo sacaba de su juego y su silencio, mientras que ella observaba atentamente el inodoro y pensaba que si la angustia, el miedo y la sumisión tenían color, sin dudas era ese.