Atendió
con el respingo que le daba el corazón siempre que sonaba el
teléfono y apenas escuchó la voz colgó.
¿Quién
era? Preguntó él.
Nadie,
mintió.
Inmediatamente
volvió a sonar, tomó el tubo y como un acto reflejo estiró la mano
y se lo pasó. Mirándolo fijo, con el corazón galopando y
lastimándole el pecho, esperó.
Quería
que la protegiera, que no se enojara, que le dijera que no la llame
más, que no la busque, que ella ya no quería soportar su locura,
que había intentado ser cable a tierra pero que él había terminado
siendo cable a cielo y que no quería volar tan alto, al menos no un
vuelo ajeno.
Pero
nada.
Colgó
y volvió a sentarse frente a la computadora sin mirarla, odiándola
y odiándose en silencio. No podía soportar la idea de que alguien
más la deseara, de que ella pudiera desear o haber deseado a alguien
más. Mantuvo unos minutos más ese silencio deliberado que ella
conocía y que no la dejaba respirar.
“Dice
que quiere tomar un café con vos”, y volvió a callar.
El
mundo le daba vueltas, la angustia la nublaba, él seguía sin
mirarla, silbaba y enfrentaba el monitor. De pronto el golpeteo en el
pecho y la presión de la garganta se expandieron hacia el estómago
y corrió al baño. El llanto que sus ojos le negaban se había
acumulado y necesitaba salir.
A él
nada lo sacaba de su juego y su silencio, mientras que ella observaba
atentamente el inodoro y pensaba que si la angustia, el miedo y la
sumisión tenían color, sin dudas era ese.